El Tragaluz

  PEQUEÑA BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Antonio Buero Vallejo nació en Guadalajara en el año 1916. Es un dramaturgo español. La guerra civil le sorprendió siendo estudiante y combatió en el Jarama y en los frentes de Aragón y de Valencia. Al concluir la contienda, acusado de "adhesión a la rebelión", fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena. En 1946 quedó en libertad provisional. Tras años de difícil supervivencia, su obra "Historia de una escalera" ganó el premio Lope de Vega y cautivó a un público que encontraba plasmadas en el escenario sus frustraciones, en contraste con la retórica triunfalista del régimen franquista.

 

 

 SITUACIÓN DE LA OBRA
 El tragaluz se estrenó en octubre de 1967. Sólo en Madrid sobrepasó las quinientas representaciones. La crítica fue elogiosa. Posteriormente, ha sido objeto de muchos estudios y es considerada como una las obras fundamentales de Buero.
El tragaluz se sitúa en la segunda época del autor. Asimismo, y junto a otras características del teatro de Buero, la obra ilustrará las novedades técnicas de aquella etapa.

 EL “EXPERIMENTO”
 Ya anticipamos que El tragaluz es, en cierto sentido, una obra «histórica»: desde un momento del futuro, el siglo XXV o XXX, según Buero dos «investigadores» proponen al espectador un experimento: volver a una época pasada (el sigo XX) para estudiar el drama de una familia cuyos miembros sufrieron «una» guerra civil con sus secuelas. Enuncian tales palabras una función esencial de la Historia: conocer el pasado para asumirlo y superarlo, desechando odios, venciendo tendencias nocivas y extrayendo lecciones para caminar hacia el futuro.
Pero comencemos por el «experimento».
Como se verá, Buero ha acudido a conocidos elementos de la llamada ciencia ficción. Aquí se habla de «detectores» de, hechos pretéritos y de «proyectores espaciales». Vamos a asistir, pues, a un montaje de imágenes traídas del pasado. En la lectura se precisarán algunos detalles «técnicos»: será importante fijarse en lo que se dice acerca de la reconstrucción de los diálogos, pero, sobre todo, veremos que no sólo se nos van a dar imágenes «reales», sino también pensamientos, cosas imaginadas por algún personaje: fundamental será el ruido del tren, que traduce un recuerdo y una obsesión claves.
Algunos críticos han discutido la oportunidad de estos personajes: pensaban que eran innecesarios para la «historia» que se nos cuenta.


 

 Los actores de la obra posando con la rosa que les han regalado.


 LA «HISTORIA»
 Se nos presentan, pues, unas vidas marcadas por la guerra. Ante todo, por las secuelas de la misma contienda: muerte de una hija, depuración del padre, pobreza... Pero, sobre todo, marcadas por un dramático episodio del final de la guerra que separó al hijo mayor, Vicente, de los demás: fue el único que pudo escapar en un tren hacia Madrid. En cualquier caso, desde entonces las vidas de unos y otros han ido por caminos muy distintos: en los años 60, cuando comienza la obra (el «experimento»), Vicente estará bien situado en la sociedad y Mario, el hermano menor, vive pobremente en un semisótano con sus padres: una madre resignada y un padre que ha perdido la razón. Las relaciones de los dos hermanos con Encarna secretaria y amante de Vicente, pero enamorada de Mario completarán el tejido de estas vidas.
Lo primero seguirá presente en la obra hasta donde podía tolerar la censura: está claro que la diferencia de posición entre Vicente y los demás reproduce la división entre vencedores y vencidos, entre integrados en el sistema y marginados.
Naturalmente, esa trama encierra una densa y ambiciosa carga de ideas o temas. Esbocemos su estudio.

 TEMAS FUNDAMENTALES
 Lo dicho sobre lo público/lo privado nos indica que uno de los aspectos temáticos fundamentales de El tragaluz será la interrelación entre lo Individual y lo social. En efecto, desde el comienzo de la obra, los investigadores atraen nuestra atención hacia «la importancia infinita del caso singular». Sin embargo, pronto se verá cómo se pasa del caso singular al plano colectivo.
Se tratará precisamente de la atención al «caso singular», el afán por conocer y valorar a cada hombre en concreto. Pero, como dirán hacia el final los investigadores, esa pregunta conduce cabalmente a descubrir al otro como prójimo, como «otro yo», a su vez, nos descubre el imperativo de solidaridad. He ahí cómo se ha saltado del plano individual al plano social.
Otros temas se entretejen con lo dicho hasta aquí. Así, asistiremos a la confrontación entre dos actitudes frente al mundo: la acción y la contemplación, la veremos enseguida encarnada en los dos hermanos.
El tragaluz nos ofrece una muestra clara de la raíz de la tragedia que reside en una transgresión moral. De ahí la fuerza que cobra la idea de culpa, la cual lleva aparejada las de juicio y castigo o expiación. Son, como se ve, ingredientes esenciales de esa tragedia ética que es El tragaluz.

 

 Momentos después de haber finalizado la obra "El Tragaluz"

 LOS PERSONAJES
Los personajes de El tragaluz son bastante esquemáticos, pues están concebidos como piezas de un diálogo dramático que, ante todo, le interesa a Buero. Por lo pronto, podrían dividirse en dos categorías: quienes «han cogido el tren» (Vicente) y quienes lo han perdido (los demás).
Vicente representa, por un lado, la acción. Es el que «ha cogido el tren», en muchos sentidos. Se ha integrado «en el sistema», como suele decirse; está al servicio o es cómplice de los sectores dominantes. Pero atenderemos también a otros rasgos suyos: ciertos síntomas de tormento íntimo, entre los que se halla, claro está, el ruido del tren (tema de la culpa). ¿Por qué, por ejemplo, se siente atraído de modo creciente hacia el sótano?
Mario encarna, frente a su hermano, la contemplación. Y no sólo se le opone en ello: se sitúa al margen del sistema, se niega a integrarse en una sociedad cuya estructura rechaza; escoge ser víctima. Y frente al presunto culpable, se erige en acusador y juez. Pero su pretendida «pureza» contemplativa, ¿no es ineficaz o, más bien, no permite que el mundo siga siendo como es? Por otra parte, ¿no cabe hacer reservas ante su rigidez moral, ante su comportamiento implacable con su hermano?
El mismo Buero nos previno ante la tentación de convertir el drama en un conflicto de «buenos y malos». Aunque la balanza se incline del lado de Mario, el ideal sería según el autor una síntesis de los dos, de acción y contemplación. Vicente dice en un momento que «toda acción es impura»; pero añade: «¡No harás nada útil si no actúas!» (Hay aquí un eco evidente de Las manos sucias de Sartre). Y Mario, al final, se abrirá a la acción, no sin antes haber proclamado: «Yo no soy bueno; mi hermano no era malo»
El padre es la figura que más ha atraído la atención de críticos y estudiosos. He aquí uno de los personajes «anormales» que desempeñan papeles claves en el teatro de Buero. Su locura se presenta, de una parte, como producto de los sufrimientos de la guerra y, concretamente, del suceso del tren y de sus consecuencias; es, pues, otra víctima. Pero, de otra parte, sus desvaríos están trazados por Buero con toda intención. Ante todo, lo ha escogido para lanzar insistentemente pregunta («¿Quién es ese?»), cuya importancia hemos comentado. Y con ello se relaciona su «manía» de recortar figuras de las postales: «al qué puedo, lo salvo», afirma, lo cualquiera decir que «lo hace subir al tren» (tren que a veces confunde con el tragaluz). De él dice Vicente en broma: «Se cree Dios» Otras frases análogas nos conducirán a plantear la significación última del personaje del padre. ¿Es Dios? ¿Es algo así como el super-yo, especie de conciencia moral superior que los psicoanalistas asocian a la figura del padre? ¿Es, en un plano más abstracto, el Juicio que toda acción humana merecerá de otros hombres, presentes o futuros, como los «investigadores»? Nos movemos aquí en las dimensiones simbólicas que abundan en la producción de Buero y que permitirán un debate que no queremos cerrar.
la madre, víctima como el padre es, sin embargo, su antítesis. Frente al Juicio o la Justicia, ella encarna el amor y el perdón. «No quiero juzgarlo», dice de Vicente. Su condena apunta en otra dirección: «¡Malditos sean los hombres que arman las guerras!». Frente al odio y a la muerte, proclama con sencillez: «Hay que vivir».
«Hay que vivir», dice asimismo Encarna, y aunque la frase tenga en ella otros matices, es también una justificación de la vida, con sus impurezas ante la pureza radical de Mario. Encarna es otra víctima y no ha tenido fuerzas para evitar cierta degradación. Escindida entre los dos hermanos, su papel consistirá en aportar un factor más de índole, digamos, sentimental en el enfrentamiento entre ellos. Y, al final, propiciará una decisión significativa de Mario.
Queda un personaje Beltrán que no aparece en escena, pero del que se habla mucho. Representa al escritor disconforme e íntegro; pero su principal función es la de contribuir a la caracterización de los dos hermanos. Para Mano, es un modelo («Él ha salido adelante sin mancharse»), dice. Y Vicente queda definido desde la primera escena por su conducta con respecto a Beltrán.